| Fotografía de Concha Ortega. |
Han pasado cinco días desde que esperaba, sentada en la butaca, para revivir por segunda vez el viaje que supone acudir al teatro para ver Prostitución y aún no lo digiero del todo. Antes fue el histórico Teatro Español de Madrid el que me contenía en sus espacios para vivir un sueño -inolvidable ese sentir-, en esta ocasión era la ciudad condal la que me regalaba la emoción desde su colosal Teatro Nacional. 18:35: Los tacones rojos. La pasarela. El contenedor. El murmullo de la gente que va colmando el teatro. 18:50: La expectación lógica ante la asistencia a esa ceremonia única que supone cada función. El resonar de cada paso. Ese ambiente mágico que lo envuelve todo. 19:00: Bru dando paso al espectáculo. La música. La Yuste plagándolo todo de una seducción incómoda en lo que es, sin duda, un ejercicio de valentía y entrega poderosísimo, sus ojos clavados en el público; desafiantes y llenos de historia. Poza y el golpe de realidad; la prostitución en cifras. Primer escalofrío. Machi y su mano amiga, ese avanzar empático colmado de escucha y respeto. Y ellas, sobre todo ellas: Ana María, Isabella, Lucía, Alexa.
Tristeza. Dolor. Impotencia. Rabia. Furia. Incluso el humor, como esa válvula de escape necesaria ante tanto desamparo y crudeza, se dan cita a lo largo de dos horas de función donde atraviesas esa parte de la realidad invisibilizada en el día a día. El Estado proxeneta y la sociedad cómplice, en escena. Ante tus ojos un desfile de historias que, inevitablemente, te llevan a cuestionar este sistema donde la esclavitud supone un negocio rentable, a costa de la dignidad humana. Víctimas sin derechos. Sus voces, sus necesidades y sus temores. La reflexión necesaria y una emoción desbordante que corre a cargo de tres actrices inmensas. La realidad descarnada en un proceso de sensibilización que convierte esta en una obra absolutamente necesaria, en un viaje obligado para comprender el mundo y tomar partido ante la desigualdad y el dolor, cómo no hacerlo. Tus convicciones se tambalean. Los prejuicios desaparecen: son todas las mujeres, reconocidas en su diversidad, pero con algo que las une poderosamente. Las diferentes visiones ante un tema complejísimo.
Y sí, fue esta la segunda vez que la vi y me zarandeó con la misma fuerza, la de un ciclón indómito que remueve todo, pero nunca igual. Por circunstancias, pude reconocer algunos diálogos que fueron entonados por mujeres mucho más cercanas a mí hoy, por lo que el impacto -si es posible- fue aún mayor. El viaje se convirtió en otro. No pretendo en estas líneas resumir lo que contiene la obra, porque sería una tarea frustrante la de intentar encontrar las palabras que pudieran definir lo que ellas consiguen provocar en el público. Abandono el intento, pero desde este espacio, muy a propósito, opto por compartir un sentir.
Mientras esperaba en esa butaca, en la que me senté con tiempo a conciencia, pensaba en lo que Carolina me ofrece con su trabajo, algo que está completamente vinculado al por qué de este lugar virtual que trato de regar con cariño y amor desde hace ya casi 3 años. Me transporté por un momento a aquel día de febrero en el que en el Kamikaze, sin yo saberlo, mi vida cambió un poquito. Me adentré en Suaves como en un río oscuro y brillante, con curiosidad y ganas, y salí de allí con muchas preguntas sobre mí misma, con emociones nuevas y con el afán de seguir la carrera de aquella desconocida que había provocado en mí ese torrente de cosas que me recorrían por dentro; nunca se lo dije porque no encontré las palabras ni pude despojarme de la timidez que me suponía imaginarme hablándole a alguien que no sabía de mi existencia; la vislumbraba como una estampa algo absurda. Pero a partir de ese momento, yo sabía que quería seguir estando en los lugares donde ella diera vida a otras mujeres. Y vino esa Paqui de Carmen y Lola como un vendaval que trajo consigo cosas preciosas a través de una historia no menos bella sobre la aceptación y el amor, con un compromiso claro respecto a la celebración de la diversidad. La repercusión que fue adquiriendo y que, de algún modo, ponían a Carolina en el centro, fue algo que percibo como revelador: sus discursos tan cargados de humanidad me inspiraban y alentaban, en una perfecta -y, por supuesto, no casual- correspondencia con las narrativas en las que ella iba desarrollando con atino su carrera profesional. Entonces entendí que la actriz -y, de un modo más concreto, los lugares en los que respiraban sus personajes- hablaban mucho de la persona que las vestía de alma. Y fue así, acercándome a la actriz y conociendo a los personajes que fueron llegando, como se despertó en mi una convicción más férrea, la de apostar, desde mi pequeñita parcela en este universo, por un mundo más sano. La convicción de cuestionarme; de aprender y desaprender; deconstruirme para volver a construirme. Entiendo esto como lo más poderoso que te puede regalar alguien, aún más mágico cuando ocurre sin la conciencia de estar impactando tan fuerte en la vida de otras personas.
La carrera de Carolina me ha reportado hasta el momento un camino claro en lo que se refiere a mi lugar en el mundo, a donde quiero estar, un sinfín de emociones que tienen que ver con poner el foco en lo que de verdad importa y un montón de reflexiones que me hacen mirar la vida desde otro lado, con otro prisma. Con generosidad, entrega y todo el amor, Carolina se vuelca en un trabajo que sólo puede ser recibido con corazón, encontrando lo más hermoso en cada plano de la realidad que nos atraviesa, una puerta cerrada al odio y un proceso de transformación hacia la belleza sin ocultar lo crudeza.
Después de asistir de nuevo a aquella función, en el avión de vuelta a casa volví a pensar en esto. Y comprendí de pronto que la inmensidad que encierra la palabra admiración tiene que ver con todo lo que cuento aquí. Y qué belleza.
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