En este tiempo suspendido, en esta cuenta atrás que suma nervios y ganas, una curiosidad inevitable me lleva a observar a mi alrededor y conjeturar las distintas motivaciones que han hecho que hoy casi mil personas coincidamos en espacio-tiempo para hacer un mismo viaje juntxs que, a la vez, no será igual para ningunx. Quizás la garantía de asistir a una interpretación portentosa de la mano de sus dos protagonistas, Eneko y Carolina, para quienes conocemos el valor profesional que alcanzan de acuerdo a su carrera previa; quizás el sello de Andrés Lima, que ya en sí mismo es sinónimo de un teatro indómito y comprometido; o tal vez, simplemente, una alineación con esos valores humanos que deberían estar fuera de todo debate, sin excepción: la negativa universal a dejar morir a personas en los márgenes del mundo. Todo confluyendo, poderío elevado a la máxima potencia.
En realidad, las motivaciones que conllevan a la elección son sólo bosquejos de algo que creemos o esperamos que, por lo que sea, conecte, nos emocione, nos atraviese, nos rasgue o nos haga dudar. Pero lo que está a punto de suceder sobre las tablas es todavía un enigma absoluto, por más información que hayamos querido inyectarnos antes de entrar, en ese afán humano por anticiparnos leyendo más allá de lo que su evocador título ya representa. La magia del teatro es otra cosa. Nadie aquí es consciente, a 5 minutos del comienzo, de hacia dónde nos llevará lo que vivamos hoy en esta especie de ritual comunitario donde todo estará aconteciendo justo ahora y para todxs, con nuestra energía vibrando y construyendo en cierta medida. Nadie sabe hasta dónde llegarán los intérpretes, ni en qué lugar de nosotrxs resonarán sus diálogos con más fuerza ni en qué nivel el eco de sus voces y de sus acciones nos agotarán, nos enfadarán, nos llenarán de ternura, de amor, de rabia, de dolor, de enfado o quizás de indiferencia. En qué momento, si sucede, el verbo se hace incómodo de escuchar. Qué emoción despiertan sus existencias frente a nosotrxs. La magia es esta; el discurrir frente a ti de una historia mientras la recibes con el alma abierta.
Eneko y Carolina ocupan el escenario en este tiempo previo, antes de que la acción suceda. Sus cuerpos en movimiento sobre la escena hasta llegar a ese proceso en el que habitan al personaje. A entrar en sus dudas, sus miedos, sus convicciones y sus circunstancias, que nunca son ajenas.
La función comienza en 3 minutos. Se apagan las luces. Una voz en off pide que se desconecten teléfonos móviles; el ruido de fuera ya no importa. El silencio es total. El viaje comienza aquí y nos va a estallar de frente.
Nada de lo que pueda incluirse en estas líneas, por más honestidad con la que se envuelvan, hará justicia a la entrega catártica que lxs intérpretes ponen al servicio de la historia durante la hora y media de función. En lo que eso provoca. Absolutamente nada se parecerá, ni mínimamente, a lo que se vive cuando asistes a una obra que te atraviesa con cada aliento/desaliento.
En mitad de esa catarsis emerge ella. Aquella mujer siria a la que solo le pertenece un nombre que no quiere compartir en su intención de preservar lo único que cree del todo suyo; porque la guerra y el horror ya se lo han arrebatado todo. Hay en los ojos de Carolina una fortaleza preñada de rabia y dolor, una mirada inmensa que explica su sentir más allá de las palabras, sosteniendo la verdad de la historia también desde el cuerpo. Una corporalidad que habla, que se retuerce y que se convierte, en sí misma, en un grito devastador frente a la injusticia. Hay, desgraciadamente, en este personaje tantas vidas.
Tragedia. Devastación. Desolación. Nos adentramos en un entorno marcado por el terror de quienes lo imponen sin escrúpulos ni el más mínimo signo de humanidad. No hay futuro cuando están bombardeando tu ciudad, tu hogar, tu propio ser. Y en mitad de esa oscuridad, ella se agarra al arte como el único faro que mantiene vivo el deseo de cambio; un clavo ardiendo en mitad del abismo. Sobrecoge su determinación frente a una masacre tan cruel, su resistencia numantina como única alternativa frente a un régimen que no da opciones, que anula la existencia. No hay forma de elegir ser. La realidad nos golpea de frente: el mundo no nos pertenece a todxs.
Bombas. Más bombas. Fuerza indomable. Dolor. Mucho dolor. Asfixia por todo lo que le arrebatan: el impulso irrenunciable de ser, la raíz más pura. El estallido de nuevo. Un grito sordo que nadie llega a escuchar; que se pierde entre fronteras. La geografía marca lo que son y lo que somos.
La tragedia sucede allí, en Siria. Pero la tragedia es también la deshumanización de Occidente, en el otro lado del espejo. Afán de salvadores en esa empatía mansa que emerge en el mejor de los casos, cuando observamos la "otredad" desde la distancia de nuestra comodidad. Una empatía que, desde nuestro lugar, fácilmente muta cuando nos dejamos devorar por un engranaje productivo donde lo material arrolla cualquier valor humano. Resulta complejo mirarse en ese reflejo y reconocer el camino en el que, a veces, perdemos la esencia para encajar en un sistema que nos vacía por dentro, convirtiéndonos, únicamente, en lo que poseemos.
Abandono la sala con el eco de la función todavía muy presente. En el viaje de vuelta a casa, la comodidad de mi rutina adquiere otro peso, porque la obra te invita a mirarte de frente: yo soy Occidente. Soy esa espectadora que vuelve a su refugio seguro, a sus dinámicas protegidas, mientras la realidad ruge al otro lado del mapa.
Nos queda entender que nuestro lugar parte de un privilegio en el que las pequeñas acciones que están en nuestra mano pueden ya construir un mundo más cercano al que nos gustaría habitar. Un único mundo, el de todxs. Nos corresponde posicionarnos, y la única opción posible es hacerlo del lado de la vida, condenando categóricamente la crueldad y la deshumanización.
Pero es precisamente ahí, en esa grieta que te rompe las certezas, donde cobra sentido todo. Comprendo de nuevo que la inmensidad de la palabra admiración tiene que ver con esto. Con el agradecimiento infinito hacia una actriz que no busca el aplauso cómodo, sino que elige vaciarse en el escenario, prestar su piel y su alma para recordarnos lo que de verdad importa. La Yuste se vuelca con una generosidad y una humanidad tan desbordantes que es imposible salir indemne; te obliga a mirar la crudeza sin apartar la vista, transformándola en pura belleza, en un compromiso férreo con la vida y con la verdad. Magnético tándem con su partenair, Eneko Sagardoy, y vibrante la entrega de ambos en un ejercicio no sólo de talento, sino de compromiso total y absoluto.
Regreso a casa con más preguntas que respuestas, pero con la certeza de que, aunque el mundo sea tantas veces un laberinto hostil y deshumanizado, el teatro nos sigue salvando. Porque todavía es capaz de mover algo dentro de nosotrxs, de sacudir nuestros cimientos y de acercarnos un poco más a quienes creíamos lejanos.
Gracias, Carolina, por ser ese faro necesario, por arañarnos el alma y por recordarnos, con cada abrazo a la verdad, que solo cuando nos permitimos que nos duela la herida, es cuando por fin empieza a entrar la luz.
Este viaje no lo olvidaré nunca.


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